ASOCIACIÓN DE INVESTIGACIÓN ETNOGRÁFICA DEL OCCIDENTE DE CANTABRIA

Espacio creado para compartir y difundir lo aprendido de nuestros mayores, auténticos portadores de nuestro patrimonio intangible

sábado, 9 de enero de 2010

Los Cuentos de Baraja en Polaciones

Pueblo de Santa Eulalia en Polaciones

Escrito para los niños y niñas de la Mancomunidad Saja- Nansa
Publicado en la revista escolar EL ECO, Nº 10


Cuando Luisa Morante nació, ni en su casa ni en todo el pueblo, ni siquiera en todo el valle de Polaciones había televisión, radio o Internet. Por aquellos años, los niños/as apenas iban a la escuela, pues en cuanto tenían edad de trabajar iban de pastores al monte para cuidar las ovejas y vacas. Tampoco había luz eléctrica ni agua que saliera del grifo del fregadero de la cocina o del lavabo del baño. Había que ir a la fuente a por el agua, a lavar la ropa al río y alumbrarse con la luz de la lumbre, las velas o un candil cuando caía la noche.
Aunque pueda parecernos increíble y difícil vivir así, de esto hace menos de 100 años, y ocurría en todos nuestros pueblos, pero esta historia es la de Luisa y su pueblo de Santa Eulalia en Polaciones. Ella, desde pequeña ayudaba en las tareas de la casa, iba de pastora, jugaba cuando tenía tiempo, que siempre era poco, y cuando caía la noche, después de cenar, en lugar de ir al ordenador a conectarse al chat o al tuenti, o salir disparada al sofá a ver la tele, cómo ni había tele ni ordenadores ni Internet, iba con los demás del pueblo a la cocina de algún vecino a reunirse para hablar, cantar, hilar la lana, contar historias…. Ella se pasaba el día ajetreada en sus labores, intentando cumplir y dejar bien hechos todos sus deberes para poder ir cada noche a eso que llaman “hilas” y que tanto disfrutaba.
Las “hilas” se hacían en invierno, cuando caía la noche y a la luz de la lumbre o del candil, los mayores hablaban del trabajo diario, de las vacas, de las ovejas, de si la raposa había entrado en el gallinero y había matado tantas o cuantas gallinas…. Las mujeres hilaban la lueta de lana de las ovejas con la que luego tejerían jerseys y calcetines o lo mandarían al telar para obtener el sayal con que hacer escarpines, mantas o alforjas; los chavales jóvenes del pueblo se pasarían por allí un rato para oír las viejas historias de los mayores y de paso charlar un rato con la moza que les gustaba… y los niños, sentados cerca de la lumbre para no pasar frío, entre juego y labor de escarmenado de la lana escuchaban aquello que sus mayores contaban con toda la atención. La palabra del abuelo era respetada y escuchada y además lo que los mayores contaban y cantaban permitía a Luisa y a los demás soñar con caballeros que iban a la guerra y dejaban a sus novias esperándolos durante siete años, hablaban de moros enormes y gigantescos, de mujeres que morían de parto por no ser cuidadas, de historias de amor entre pajes y princesas, de animales pícaros que se querían llevar al ganado y de tantos y tantos temas. En sus cabezas comenzaban a ponerle caras a esos personajes e incluso jugaban a ser ellos representando esas escenas. La bandurria, como se llama en Polaciones al rabel, acompañaba estas historias largas que llaman romances. Poco se imaginaban los niños que aquellas historias hablaban del mismísimo Carlomagno o de los Reyes Católicos, y que aquellas hilas eran casi casi como ir a la escuela.

En el pueblo de Luisa vivía un señor mayor que estaba inválido. En palabras de Luisa era un “viejucu que le había dao un paralís” y que se llamaba el Ti Mingón. Hay que decir también que en el valle alto del Nansa, a los mayores se le ponía delante el “ti” como si quisieran decir “el tío Juan” o “la tía Paula”. Así pues, este señor mayor que había sido un hombre fuerte y trabajador y que se llamaba Domingo, era conocido en el pueblo como “el ti Mingón”. Siempre estaba sentaduco al sol en un corredor que tenía en casa y cada vez que Luisa pasaba por aquella calleja para ir a por agua, a llevar la comida a los del prao o a lo que fuera, el “ti Mingón” la llamaba y la pedía que se acercara y descansara un poco mientras charlaba con él. Luisa, que no tenía reloj, miraba siempre al cielo y por la luz o por donde estuviera el Sol, sabía si podía estarse un ratuco con el hombre aquel o no. Él, aprovechaba para enseñarla canciones y contarla historias. De todo lo que Luisa aprendió del Ti Mingón había un juego que era su favorito. Siempre que Luisa se lo pedía, el hombre sacaba una vieja baraja de cartas del bolsillo de su chaqueta y comenzaba a echarla las cartas mientras cantaba una vieja canción que hablaba de reyes, mujeres y envenenamientos. Luisa se quedaba con la boca abierta cada vez que oía la canción y veía con unos ojos como platos como las cartas que iban saliendo iban encajando en la historia a medida que ésta se cantaba. Tantas y tantas veces cantó el Ti Mingón el cuentu de la baraja a Luisa, que ella se lo aprendió y jamás lo olvidaría. Poco sabía Luisa que tenía delante uno de los ejemplos más escasos conservados de este tipo de canciones que aprendemos por tradición oral. Tradición oral quiere deir que lo aprendemos “de la boca a la oreja” es decir escuchándolo, nunca escrito en libros o leído.
Cuando fui a visitar a Luisa en su casa de Santa Eulalia hace tres años, nos estaba esperando en su cocina con la lumbre prendida en una tarde de otoño, en la que la niebla, conocida en Polaciones como “la Reina” quería meterse en el monte y privarnos de los colores dorados que se veían desde la ventana, pero a la que le ganó partido la noche. Luisa, nos cantó, nos contó historias y cada vez que su cabeza de ochenta y muchos años volaba a la infancia para contarnos algo, sus ojos brillaban con una luz especial. El recuerdo de las hilas, de sus mayores, de su vida de pastora y de la dureza de aquellos tiempos estaba cubierta de un dulce recuerdo que aportaban los vecinos, las romerías, los bailes de la pandereta, las viejas historias y como no el cuentu de la baraja. Al igual que aquel viejucu hiciera con ella, Luisa sacó su baraja y con una voz firme y armoniosa nos cantó el cuento mientras echaba las cartas sobre el escaño de la cocina.
Luisa nos dejó la pasada primavera, pues ya estaba muy mayor y enferma, pero sus canciones y los recuerdos que quiso compartir con nosotros son ahora cantados por los niños purriegos y no morirán de momento. Cuando ellos sean mayores deberán decidir si deben seguir contando y cantando estas historias y los niños de ahora y del futuro decidirán si deben escuchar lo que los mayores guardan en el arca de sus saberes y maravillarse con las historias o mirar para otro lado.
María Bulnes. Diciembre de 2009

EL CUENTU DE LA BARAJA

El Rey Napoleón salió,
Con una serpiente al pie,
Y un caballero con copa,
Y a pedirle a esta mujer.
Caballero esta es mi copa,
Con mi caballo tan majo
Para pedirle un doblón
Y al Rey que se lo ha mandado.

Debajo de un pino verde
El Rey se bajó a beber
Y una mujer valerosa,
Los oros quiso vencer.
Con mi caballo valiente
Y una mujer con dinero,
Y el Rey por burlarse de ella,
La copa le echó veneno

Informante: Luisa Morante - Santa Eulalia
Lo aprendió del “Ti Mingón”





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